27, 28 y 29 de febrero, viernes a domingo

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Este finde prometía. Tenía el aniversario de mi Centro de Juventud, Bambuss, y un finde de reunión de voluntarios en Saldus preparado por Teo y Almi. Nada de eso ocurrió porque la gripe, después de todo un invierno luchando contra ella, pudo conmigo. Madre, creo que en delirios te pedía que me trajeras un zumo de naranja. Ay cuánto se echa de menos a las madres cuando se está mala!

24 de febrero, martes

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Se me ocurre la feliz idea de organizar una de mis clases de español en un bar español. Mis avezados alumnos se estrujan los sesos para adivinar de donde viene la tortilla de patatas o las patatas al mojo picón. Mientras, comparten una sangría de vino blanco y disfrutamos de unas tapas españolas variadas. Lo que en España sería un lío de manos atacando los platos y voces luchando por alzarse por encima de otras y botellas brindando, aquí es una orquesta sincronizada de reparto de las raciones y un silencio casi absoluto. Me parece a mi que para que se suelten a estos letones les voy a tener que poner a bailar el paquito el chocolatero mientra les obligo a beber el licor de mi abuela. Se acaba la clase y me voy corriendo a lo que será uno de los mejores recuerdos de este año, un magnífico concierto de Emir Kusturica. Es tán único que acabamos en el escenario mis amigas y yo, con otras diez chicas, haciendo flexiones con el mismísimo Emir Kusturica. Yo me voy a casa más contenta que unas castañuelas y con un recuerdo inolvidable de haber formado parte del cuerpo de baile de Emir Kusturica and The no smoking Orchestra.

23 de febrero, lunes

Por petición de Claudia la alemana, dos voluntarias EVS del año pasado se quedan a dormir en casa. Casualmente Anna tiene un invitado en casa, londinense, así que acabamos teniendo una reunión muy curiosa intercambiando opiniones y experiencias de Alemania, Bulgaria, Inglaterra, Bielorrusia y España. Nos cuentan cómo era su casa, ruinosa y sucia hasta la saciedad, a la que terminaron cogiendo un cariño enorme, a pesar de tener moqueta hasta en la cocina. Inquirimos al amigo de Anna y le preguntamos por qué en Inglaterra tienen moqueta también hasta en el baño. Y el pobre, muy inglés él, pide perdón, con su acento irresistiblemente londinense. Seguimos la conversación hasta las tantas, mientras compartimos ositos de gominolas que nos han traído nuestras invitadas. Que tu casa sea un hostal a veces tiene cosas buenas.

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21 de febrero, sábado

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Hoy he tenido una experiencia religiosa. Estábamos pasando la mañana Andrea y yo tan contentas y despreocupadas, ya que a la tarde nos íbamos al cumpleaños de Lina en una casa rural con sauna en el exterior. Prometía. Pues después de disfrutar del mercadillo artesanal en Kipsala y poco antes de coger el tren, mi amiga protagoniza lo que aquí llaman un drama de telenovela. Se da cuenta que tiene el bolso abierto y le han robado la cartera, con todos los documentos dentro. Presa de los nervios empieza a deshacer la mochila como quien se quita la ropa en un arrebato de pasión. Sin orden ni concierto, empieza a lanzar toda clase de items que se alzan por encima de mi cabeza ante la sorpresa de los riguenses pasajeros.

Después de la negación, viene la etapa, en algún momento, de aceptación. Nos dirigimos entonces a la comisaría de policía a hacer lo propio. Pero lejos de ayudarnos, después de explicarle que venimos a presentar una denuncia por un robo, nos preguntan que qué queremos que hagan ellos. Nos tiramos unas dos horitas intentando hacerles entender hasta que una amiga letona de Andrea viene a lidiar con semejantes elementos de los cuerpos y fuerzas de…¿seguridad?.

Con rabia y pesar, suspendemos nuestro viaje al cumpleaños de Lina y decidimos que la mejor cura es la “cegete”, es decir, Cerveza, Gin Tonics y Tequila. Vamos a lo seguro, alguno de los tres tiene que funcionar. No obstante, el destemple no se nos quita del cuerpo y cuando nos dirigimos a casa con la cabeza baja me topo con Anna, mi compañera de piso. Al verme se me lanza al cuello y empieza a llorar desconsolada. El tequila debe haber hecho efecto porque no entiendo nada. Después de calmarla me cuenta que estaba de bares y ha perdido su pasaporte en alguno de ellos, no sabe cuál. Mágicamente Andrea siente ese consuelo tonto de mal de muchos….Nos pasamos buscando el pasaporte de bar en bar la siguiente hora, hasta que por fin lo encontramos. Vámonos a casa Andrea, que este fatídico día no termina de acabar.

18 de febrero, miércoles

Resulta que los letones no son fríos o descorteses, resulta que son tímidos. Lo son tanto que pueden decirte, por ejemplo, que no hablan inglés, y después lo dominan mejor que tú después de diez años de estudio. Se pasan la vida casi disculpandose por ser un país pequeño, por no tener montañas, por querer mantener su identidad nacional, por un etcétera de cosas. Y luego una se lleva LA sorpresa.

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Hoy nos han invitado a visitar un centro de actividades extraescolares, el segundo mayor del país. Ellos dirían que como sólo son 2 millones, pues seguro que no es muy importante, pero el centro tiene nada menos que 3000 alumnos que hacen todo tipo de cursos y actividades después de la escuela, con un total de alrededor 300 clubs de hobbies, desde carpintería, diseño, programación, radio, electrónica o manejo de armas de fuego. Sí, básicamente les dejan a niños entre 6 y 18 años manejar herramientas que en España estarían prohibidas utilizar sin un curso en prevención de riesgos laborales como mínimo. Y están tan sanos oye.

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15 de febrero, domingo

En el día más soleado que ha hecho desde que me vine al frío Báltico, decidimos visitar los túneles subterráneos escondidos en las murallas defensivas de la ciudad. Entre otros inquilinos, como vagabundos, hippies, okupas, punks, revolucionarios o soldados, el tunel salvó a 1000 personas durante la segunda guerra mundial, cuando Tallin fue bombardeada y un tercio de la ciudad quedó devastada. Allí se hacinaron un millar de personas, en un espacio angosto, estrecho, y sin ventilación, con una capacidad poco superior a 500 personas. Mientras veíamos un documental en el interior del tunel, pude sentir cómo las bombas retumbaban en mis huesos, cómo el frío calaba mi piel y cómo mi respiración se convertía en un humo blanquecino que hacía el ambiente aún más lúgubre si cabe.

Vuelta al dulce sol del báltico nos preparamos para volver a Riga. Me despido de Ilona, una finlandesa a la que he conocido en el hostal. Ilona es independiente y también es autónoma, Me refiero a que está empezando a levantar una empresa de marketing en Tallin. Vive en el hostal. Le pregunto como es posible y me dice que con un día de papeleo y unos 50 euros al mes ya has montado tu empresa. Me ofrece ayuda en el caso de que quiera volverme emprendedora en el Báltico. La idea se entrelaza en mis pensamientos errantes mientras escucho una canción  de invierno en el autobus de vuelta. Veo como el cielo encendido se sofoca en un horizonte de coníferas tiritando de frío.

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Vuelvo a Riga, mi ciudad, mi casa por fin, complacida y expectante. Y es que el hogar es donde todas las aventuras empiezan. ¿Cuándo será la próxima?, me pregunto. Y no tarda mucho en llegar. Al entrar en casa veo el siguiente panorama. El salón como si de una comuna hippy se tratara, en la cocina parece que haya estallado una bomba y el baño es digno de llamarse el lago ness. No recuperada del estupor, me adentro en las profundidades del pasillo que lleva a mi habitación. Parece como si un Dalí zombi hubiera vomitado toda la absenta que se había metido en vida.

En resumen, mi compañera de piso había decidido renovar su habitación durante el fin de semana y se olvidó de limpiar después de renovar. Además, George de Georgia había decidido pasar el fin de semana en nuestra casa-hotel y le pillé en medio del proceso de intentar cocinar una tortilla de patatas después de darse una ducha a lo Queen cantando I want to break free. No queréis saber más.

El día termina riendo, compartiendo revuelto de patatas, chocolate estonio y rakia, una especie de orujo búlgaro. El truco está en respirar hondo y preocuparse a lo Escarlata O’hara: “ya lo pensaré mañana”. Ya ves, madre, cómo quieres que te llame más a menudo, si es que es un no parar de idas y venidas y más que llegarán.  En fin, que esta vida es “un sufrir”, como decía aquel literato de renombre…¿o era mi padre?…ves madre, esto pasa por leerme tantos libros de pequeña, que una al final se hace un lío con el origen de las cosas.

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14 de febrero, sábado

Quedamos con un conocido de un conocido de una amiga, Laia. El personaje en cuestión es Martin, un estonio 4×4 que aparece desayunando un redbull. Nos introduce a las tradiciones nacionales, a saber, beber, beber y beber. Y algo de turismo.

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En el museo de la ciudad me entero que aquí cuentan una historia parecida sobre un anciano que aparece de vez en cuando en las puertas de la ciudad preguntando si la han terminado de construir. Si respondes que si, el anciano liberará las aguas del lago Ülemiste, que está a mayor altura que Tallin, e inundaría la ciudad, por lo que si un anciano te hace tal pregunta siempre tienes que decir que queda mucho por hacer. Es el caracter báltico, siempre con esa sensación de que no han terminado de contruir su país, su identidad, su bandera rota inumerables veces por sucesiones de naciones invasoras que vieron en sus aguas un faro desde el que gobernar el mundo helado.

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Martin nos lleva a comer a petición nuestra, explicandole que somos españoles y que para nosotros es una necesidad básica. Nos sentimos un poco como los hobbits con Aragorn preguntando por el tercer desayuno. Accede y nos lleva nada menos que a la taberna más antigua de la ciudad. Allí él se pide unos 3 chupitos de vozka y 2 gintonics. Para hacer boca, dice. Lo de comer es de débiles, debe pensar. Entre chupito y chupito nos confiensa un trauma de infancia. Cuenta que en las escuelas en Estonia a los niños les enseñan a hacer mesas y a las niñas a coser. Dice que el pidió ir a la clase de costura, que si necesitaba una mesa podía comprarselunnamed2a pero que quién le iba a coser los botones cuando su madre no estuviera. No le dejaron. Y supongo que decidió beber. Normal en un país en el que la Happy Hour empieza a las 4 y termina a las 7.

En esto que nos llegan noticias patrias vía wifi: “ un hombre borracho y semidesnudo hace aterrizar de emergencia un avión de ryanair que viajaba de riga hacia españa alzando el puño al aire con actitud amenazadora”. Trago saliva y me pido otra cerveza. Al fin y al cabo ya ha empezado la hora feliz y parece que si no bebes desentonas. Y no estamos para esos trotes. Al menos no todavía.

A la hora de la cena aparece con unas cuantas cervezas, una botella de Licor Vanna Tallin y un brick de zumo de naranja. Mientras no para de hablar en inglés perfecto va alternando sorbos de cada bebida, sin olvidar el zumo, que tiene vitamina C y es importante para no tener resaca, dice. Las cosas que se aprenden viajando, oye.

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13 de febrero, viernes

Este fin de semana me voy a Estonia….De los 3 es el que está arriba, por si os preguntábais…Yo estoy en Letonia…el del medio…no, el de abajo es Lituania. Qué lio. ¿verdad? Pues nada, que a golpe de autobús de lujo a precio de ganga nos plantamos un puñado de españoles en el corazón de lo que fue la liga Hanseánica. Estos eran otro puñado de comerciantes bálticos que unieron fuerzas para defenderse de los malvados vikingos que les venían a robar el pan y las mujeres.

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Según llegamos al hostal, nos encontramos en el salón un tipo oriundo desparramado en el sofá, bebiendo quiero pensar que cerveza y viendo la televisión. En lo que va al baño invadimos el salón y nos acomodamos a la espera del recepcionista. Cuando vuelve suelta una serie de improperios y después empieza a decirnos en un inglés macarrónico algo como “Españoles e italianos, siempre molestando. Yo odiar a todos los inmigrantes, los emigrantes y los migrantes también. Los ingleses también odiar a vosotros”.

En esto que llega una mujer de Finlandia, a la que se le ha pinchado una rueda. Saluda cortesmente a la concurrencia. El tipo le pregunta a la mujer su gentilicio y a su respuesta le contesta que “los fineses siempre molestando. Yo odiar a los fineses, los fineses solo beber y tener accidentes de coches”. La mujer, entre estupefacta y audaz, le pregunta de vuelta lo mismo. El tipo le dice que del infierno. La mujer le cont3esta que nunca ha oído hablar de tal sitio, que si es un país pequeño. El tipo le dice que no, que es muy grande puesto que hay muchos pecadores en el mundo. Pecando se hace el camino, que diria Sabina parafraseando a Serrat, versionando a Machado.

Da igual lo lejos que te vayas, como te juntes con un grupo de españoles te sientes como en casa. Así haciendo gala de nuestra mala fama, extendemos la sobremesa después de la cena en la cocina hasta las tantas, con música, hablando alto, bebiendo y comiendo del mismo plato. Ya que somos pecadores, serlo al menos con premeditación y alevosía.

12 de febrero, jueves

Me pongo a colocar las sillas para la primera reunión de las clases de español que voy a liderar y me entran todos los males. Ver 30 sillas en círculo impresiona. Sobre todo si sabes que 64 ojos van a estar observando cada movimiento. No, no he contado mal, es que tampoco se pierden detalle mis compañeros de piso, que están expectantes ante el espectáculo que esperan voy a dar. Empiezan a llegar y llegar y siguen llegando. Le pregunto a Liga, la manager, que si puedo renunciar en ese momento al EVS. Me dice que puedo, pero que se lo pregunte de nuevo después de la reunión. Y tiene toda la razón. Al finalizar me siento cansada y muy feliz, pero con la triste sensación de que este año va a pasar demasiado rápido.

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Al llegar a casa me espera un alemán que habla un ruso de Rusia tan perfecto que dudamos de sus orígenes. Va a hacer coachsurfing en nuestro piso esta noche, osea que va a dormir en nuestro sofá por la cara. El tipo es de lo más raro. Tan raro que Anna y yo nos vamos a dormir y echamos el pestillo. Por la noche, no deja de hacer ruidos extraños e incluso oímos algún golpe en la pared y cómo habla solo. Si la noche anterior no pegué ojo de los nervios, esta no pego ojo del acojone. Por la mañana entablo una conversación de lo más extraña con él en la que me pregunta qué pienso de la guerra nuclear con Rusia y que si soy india latinoamericana. Me voy al trabajo con la misma cara que estás poniendo tú y deseando no verle nunca más. Empiezo a entender la aversión de los letones hacia los rusos, no digo más. Y sin más, este falso alemán nos ofrece las llaves de la reconciliación entre mi compañera de piso y yo. Va a ser el Karma, lo que no se si el suyo o el mio.

10 de febrero, martes

Cojo a Andrea del brazo y me la llevo al Madride, un reducto castizo en esta ciudad letona a la que le cuesta tanto sonreir. Jacinto, el dueño, nos deleita con unas bravas con mojo picón, unos calamares a la romana y unas croquetas de su abuela, que no de la mía que las hace más ricas, como todas las abuelas. Allí conozco a un señor de la embajada que me insta a inscribirme como residente. Le digo que si me invita a la fiesta de la embajada me inscribo. Diplomáticamente acepta mi propuesta y quedamos en vernos en suelo patrio, algún día cercano, para hacer el trámite en cuestión. Padre, dentro de nada me ves codeandome con el embajador. Lo que tiene vivir en un país tan chiquito. De hecho ya me he topado con dos personas desconocidas que me han dicho que han oído hablar de mi. Andrea, mi amiga italiana, me dice orgullosa que ella ya ha estado en una reunión con el primer ministro letón y en otra con el embajador sueco. Pobre Andrea, no sabe lo cabezota que soy cuando me propongo algo. Mi madre ya habrá echado los ojos para arriba en asentimiento maternal. Ves, mamá, es útil ser cabezota!

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